Después de la tormenta llegó la templanza y las ganas de vivir.

Siento cierta templanza. Después de la tormenta las aguas se han calmado. Veo el mundo de otra manera, quizá con una visión más tranquila. Tengo poco ánimo de lucha. No porque me falten las fuerzas, sino porque las cosas las voy tomando menos a pecho y la aceptación de las situaciones desagradables llega antes.No lucho contra lo incambiable, acepto que lo que llega tendrá que irse algún día y sé que no me puedo aferrar a una idea, a nada y a nadie. Aferrarme sería una lucha perdida. Lo que pasó, pasado está y procuro mirar hacia delante porque, de lo contrario, lo que me queda de vida la pasaría sintiéndome amargada.

No es que no me apegue a las personas, más bien al contrario. Tengo muchos seres queridos. Si sufren, pues yo sufro también, pero con medida. Con más ligereza que antes. No podemos forzar a que nadie se quede en nuestra vida si no quieren estar. Quiero poder disfrutar de aquellos que sí quieren estar, en el momento en el que están, y luego el tiempo dirá si siguen acompañándome en el camino o no.

No sueño con futuros, ni pienso mucho en el mañana de dentro de 10 años, porque mi futuro es ahora, especialmente ahora, a los 50. Me urge vivir y disfrutar lo más posible y ahora es cuando las amistades y familia son más importantes que nunca. Con los años vamos mirándonos menos el ombligo y nos fijamos quizá más en los demás, en los seres queridos, que son casi siempre los que nos alegran la vida.

Tengo ganas de vivir, de hacer cosas nuevas, ver lugares diferentes, de hablar y conocer a gente nueva. Este es el futuro inmediato. No hay nada como darse cuenta de que las cosas materiales, que sin duda alegran, no perduran. Lo que dura en el alma es aquella conversación íntima, esa cena con amigos, esa celebración de cumpleaños, ese paseo por el monte o la playa, ese juego de tablero entre risas. Esas sí son las grandes cosas que quiero vivir. El resto … como dice mi amigo Miguel: “No hay lucha”.

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