Esa paz, esa paz…

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“¿Y para eso has pagado a un médico? Eso te lo podría haber dicho yo gratis, que siempre que hablamos acabamos abriendo mil temas sin terminar ninguno porque a ti se te va la bola”.
Así era. Aunque supiera lo que le pasaba prefería que un loquero se lo diagnosticara, no para cambiar nada, sino para aceptar y aprender a vivir con ello. Y lo hacía. Le sacaba partido a cada neura y se reía hasta de nuestro supuesto suicidio como Thelma y Luise. Era broma, pero creo que, en el fondo, parecía tranquilizarla pensar que nuestro seguro de vejez estaba en su sitio. Muy americano tener un plan B.
Un día me confesó que había hecho una fechoría. Me la contó sin mucho remordimiento y, aunque yo no estaba de acuerdo con ese tipo de comportamiento, intenté no juzgarla. Sí le dije que no saltara, que se quedara mirando la belleza de la posibilidad porque, irremediablemente, se haría daño.
La burra no me escuchó y se cayó al precipicio, lamentándolo luego profundamente. Pero yo nunca le recordé esas odiosas palabras que no podemos evitar escupir; “Te lo dije”.
Y bueno… Ya no se lo podré decir porque decidió irse sin mí, la vida no le dejó saltar al vacío conmigo como habíamos planeado aunque fuese en broma.
Sé qué está en paz… Esa paz… esa paz… que tanto buscaba, en sus lecturas, relaciones y diagnósticos, pero que se siempre se le escurría.

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